Función Privada, Bruno Gruppalli
Centro Cultural Recoleta
Composición: Ulises Conti, Bruno Gruppalli
Saxo tenor: Pablo Puntoriero
Producción Musical: Ulises Conti, Martín Feldman
Curaduría: Javier Villa
En Función privada, Bruno Gruppalli (Buenos Aires, 1984) empuja la pintura hacia un código abierto. Su nuevo proyecto es también el primero dentro de la disciplina. Es que el artista al que Gruppalli encarna no suele ser sólo pintor, sino un poeta visual que utiliza todo tipo de medios para crear una red de conexiones. Entremezcla códigos de la comunicación, la teoría teatral, la literatura, la moda, la historia del arte, las subculturas del siglo XX y las referencias autobiográficas sobre estados alterados de la percepción. Entre estas herramientas, Gruppalli mantiene al cuerpo como un objeto de estudio con apariciones siempre expandidas y complejas; un eslabón que desencadena asociaciones puramente visuales, misteriosas o cifradas.
El proyecto surge de una serie de pinturas de gran formato con personajes generalmente solitarios, sentados en una mesa de café-concert. El artista construye una primera capa de conexiones al interior del cuadro: sobre las mesas se apoyan pequeños objetos de manera despreocupada; memorabilia azarosa del arte y la cultura del siglo XX. Si bien esa herencia es un espectro allí presente, no brota sobre la mesa para convertirse en el espectáculo central. Con esta carga simbólica al interior de la pintura misma, los personajes son espectadores que miran hacia el exterior de la representación. De este modo, una segunda capa de conexiones comienza a hilvanarse entre una obra y la siguiente. Todas habitan el mismo espacio de ficción: un café concert donde parecieran mirar un espectáculo fuera de sí mismas. Fuerzan así a que la sala de exposición se vuelva una escena teatral, y que la pintura no sea sólo un objeto que representa al espacio real, sino un catalizador para transformar ese espacio en ficción. La función privada no necesariamente se realiza en un espacio que es para pocos, sino que lxs allí congregadxs comparten un código que se vuelve atmósfera.
Por su lado, los espectadores reales que ingresan a la instalación pictórica, son también personajes que miran un espectáculo. Y al igual que sus avatares, llevan a su lado una mesa imaginaria cargada de espectros azarosos de la historia del arte y la cultura del último siglo.